La biblioteca búlgara

*Text de Francesc Viadel. Aquest text va ser escrit el 2015 per a veure la llum en una publicació llatinoamericana.

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A Bogdan X. no se le ha vuelto a ver en el barrio desde el último día del pasado invierno.  Aquella mañana, a eso de las ocho y media, como siempre, se le vio salir de la estación de metro de Tetuán, cabizbajo y distraído, sujetando una enorme bolsa reutilizable de las que se pueden comprar por menos de un euro en los supermercados Mercadona, una de las cadenas de distribución alimentaria que más dinero ha ganado durante ésta crisis de Europa en camino ya de hacerse eterna.

Cubría su enorme cabeza de toro de pasto con un raído gorro de lana hundido hasta las cejas y vestía su vieja chaqueta acolchada y sucia de color azul cielo, unos pantalones baratos de chándal y unas destripadas zapatillas de deporte. Parecía un poco cansado, soñoliento, malhumorado y más gordo y viejo que nunca, como si aquella misma noche la soledad y el hastío se le hubieran metido en el cuerpo igual que gusanos hambrientos y lo hubieran tunelado hasta dejarle el alma como la cara de la luna.

Antes de empezar su jornada, Bogdan, entró en el bar de las camareras extranjeras que jamás han sentido lástima por nadie ni han sonreído por nada y pidió, con su castellano maltrecho, un café con leche para llevar. La chica pálida, la de los labios amoratados de ahogada, le sirvió el pedido en un vaso de cartón y, sin ni tan solo darle las gracias ni los buenos días, recogió con un poco de asco el montoncito de céntimos de euro que Bogdan dejó sobre la barra. Unos minutos más tarde, salió arrastrando su cuerpo pesado para derrumbarse en el portal de al lado, en la parte más soleada de toda la plaza, justo en la puerta de lo que un día fue una importante inmobiliaria de este distrito de la ciudad. El viejo búlgaro se acomodó con dificultad y, sin entusiasmo aunque con mucho cuidado, sacó de la bolsa dos docenas de libros, tal vez tres, y los colocó en cierto orden sobre unas hojas de periódico atrasado manchadas de aceite de lata de atún.

El caso es que Bogdan vive -o vivía- de vender los libros que la gente expulsa de sus casas igual que harían con un perro a las puertas de las vacaciones de verano.  A veces lleva consigo un carrito de la compra y con un palo largo escarba en el vientre de los contenedores de basura donde suele encontrar manuales de oposiciones de todo tipo,  novelitas de quiosco para viejas, tebeos, revistas porno, instrucciones para electrodomésticos, catálogos de todo tipo…

El búlgaro montó su negocio loco, ruinoso, trashumante y callejero, coincidiendo con el cierre de algunas de las librerías más queridas de la ciudad como la Catalònia, fundada en 1924; la mítica Canuda, la enorme librería junto a Las Ramblas, con su catacumba forrada de volúmenes polvorientos; la Roquer o la Platón del Putxet, en la parte alta. Librerías acosadas por la especulación inmobiliaria y por la revolución tecnológica en una sociedad, además, demasiado perezosa para la lectura.

Vivía -o vive- de vender, por el precio de una limosna, los libros inútiles: manuales de cocina, novelas horribles de amor, libros sobre arqueología extraterrestre, de autoayuda para sicóticos primerizos, guías de viaje a países que ya no existen, antiguas gramáticas de latín, libros de decoración y moda para casas imposibles, libros gastados, desechos de estantería, libros abandonados. Libros tan tristes como la mirada gris del búlgaro Bogdan, un ser perdido en medio de la nada, en una Barcelona que hace mucho tiempo que prefiere mirar hacía otra parte para no sufrir a los jóvenes que duermen a la luz de los cajeros de las limpias calles del Ensanche, como polillas moribundas, para no tener que sufrir el espectáculo de dolor de los desahucios en la ciudad periférica, la que escala la montaña de Collserola, habitada por manadas de jabalíes gordos y atontados y por turistas que los domingos de sol hacen jogging enchufados a sus ipods.

Sobre las páginas del viejo periódico de Bogdan con las noticias del último terremoto en los mercados financieros y los disturbios en la capital provocados por la indignación, ni un solo ejemplar de García Márquez, García Lorca, Breton, Cortázar, Neruda, Zweig, Fallada, Talese, Mishima, Camus… y, todavía menos, de Calders, Brossa, Espriu, Navarro, Ferrater, Estellés, Cabré o Monzó… pero tampoco de Canetti, ni de Gospodinov, ni Dimitrova, ni Levcev…invisibles, inexistentes, huidos de aquella pequeña zona conquistada a la ciudad, furtivamente, escapados a toda prisa nadie sabe dónde, y eso a pesar de que leer no signifique huir, puesto que se lee para comprenderse a uno mismo, para comprender a los otros, para comprender nuestro tiempo, tal y como descubrió Joan Fuster convencido también de que quien teme a la vida de la calle, sigue teniendo miedo a la misma vida en los libros. Leer es seguir viviendo, dicen que acabó por decir un Fuster agrio mientras sacaba la lengua y arqueaba sus cejas de búho.

Libros, pues, los de Bogdan, medio inútiles: uno de crucigramas, otro de recetas de repostería para vegetarianos, un par de libros para practicar el yoga, un manual de bricolaje… Así es –¿era?- aquella biblioteca búlgara que vi. Retrato de lo inservible, de lo banal, de lo inútil en mitad de una tragedia.

A media mañana de aquel último día de invierno, Bogdan no había vendido ni uno solo de sus ejemplares cautivos. Incrustado y quieto en su rincón como una tortuga medio ahogada en su edad, tampoco parecía que le importara demasiado. Simplemente se limitaba a bostezar y, en cada uno de sus bostezos, engullía un enorme pedazo de aquella niebla débil y casi evanescente que lo cubría todo: la calle, las palmeras del centro de la plaza igual que una isla tropical abandonada a la deriva, los tejados de pizarra de estilo francés de las fincas regias, los áticos de los ricos con sus intentos de jardín babilónico. Junto a él pasaron durante toda la mañana los alumnos adolescentes del Sagrat Cor;  los estudiantes de la academia de inglés de la calle Girona; los clientes de la panadería Molí Vell y los del Solarium, más parecidos a atletas de la antigua Grecia que a ociosos empleados de oficina en busca de la belleza perfecta; los pacientes angustiados de la clínica dermatológica de la escalera de al lado y los de la farmacia de la doctora Anna, el cocinero del Harrison Foc… Pasaron un millón o dos de personas o tres pero nadie compró ni un solo libro, ni arrojó una sola moneda, ni menos aún miró a aquel gigante. En estos días hay demasiada prisa por empujar la vida hasta el final de la tarde y descubrir con agrado, ante la televisión o sentado sobre la taza del inodoro, que al menos hoy no has caído. Todavía no. La vida se ha convertido en este lado del mundo civilizado que ya pidió perdón a Dios por todos sus muertos, en un enorme manzano y ellos, sus habitantes confiados, en manzanas mecidas al viento furioso de una tempestad.  Ninguna manzana de las que acaben cayendo se librará de podrirse. Todo el mundo lo sabe y pasan muy deprisa,  casi al trote delante de cualquier  Bogdan.  Sólo los más audaces, jóvenes por lo general, se detienen a pensar unos minutos, a buscar una frase a la que asir su esperanza.  Algunas noches asaltan las tapias de la ciudad con sus aerosoles de colores y escriben proclamas rebeldes, vagamente poéticas.

Aquella mañana pasaron cuatro millones de personas o cinco, pero ninguna de ellas reparó en que Bogdan no era Bogdan, ni Zlatko, ni Asen, ni Stanimir, ni Andrei, ni Boyko, ni Simeon, ni Ventseslav…en que Bogdan era Europa ahogada entre las vísceras de un enorme cuerpo lacerado, medio deforme, cuerpo nómada, cuerpo ni en el principio ni en el fin de nada.

Finalmente, el viejo, colocó de nuevo su mercancía en la bolsa, se desperezó como un oso acabado de escapar de su letargo y caminó lentamente, casi arrastrando los pies, hacía la boca de metro de la Línea 2. Al poco, desapareció. Nadie lo ha vuelto a ver en Tetúan, ni tampoco en los aledaños del Portal del Ángel donde los policías locales vigilan a conciencia que ningún ambulante con sus cachivaches perjudique las grandes marcas, el negocio del poderoso Corte Inglés. Tal vez el metro lo llevó hasta el final, hasta el mar.

 

 

 

 

Quant a francescviadel

Periodista, escriptor i professor universitari, autor de No mos fareu catalans. Història inacabada del blaverisme i de Valencianisme, l'aportació positiva. Cultura i política (1962-2012), publicats per la Universitat de València. Autor també de les novel·les Terra (Bromera) i L'advocat i el diable (El Cep i la Nansa) i del llibre de poemes Ciutat, dies insòlits.
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Una resposta a La biblioteca búlgara

  1. Alfred ha dit:

    Naufragar a Ciutat Vella
    Recentement he visitat un organisme municipal d’una ciutat veïna per intercedir devant d’un Bogdan que havia treballat al barri Gòtic i ara viu allà. És un home gran i malalt amb tanta bona voluntat –el conec bé– com mala sort. N’he sortit debades, amb una marejant sensació d’impotència devant del naufragi.
    La senyora Tatcher deia que no hi havia lloc per a tots en la lanxa de salvament. Es va quedar curta: als abandonats d’ara els neguem fins i tot els salvavides.
    El diccionari de sinònims d’en Franquesa (en paper, 1971) defineix l’abandó –resumeixo molt– com l’acció d’abandonar o deixar una cosa a la discreció d’algú, de desamparar, deixar vacant o negligida una cosa. També esmenta deserció, deixement, renunciar, descurança, abdicar, desertar, allunyar-se o fugir, deixar de banda, arraconar etcétera. Qualsevol d’aquestes acepcions podria valdre pels molts Bogdans, o Manolos de la ferralla que s’amaguen per Ciutat Vella. Desertors, desamparats, fugitius, arraconats… però també –i això ho afegeixo jo– perdedors invisibles. Aquesta darrera característica té un parell d’excepcions: a) en les campanyes electorals, quan sumats als nàufrags més cridaners són exhibits pels diaris com a prova d’una constant universal: la permisivitat municipal condueix al caos, mentre que la ma dura cura. I b) quan convé recordar als descontents que qui vol pot, i més quan es compte amb el suport d’una organització catòlica. Aquest final feliç mereix una Contra de La Vanguardia capaç de reconfortar lectors i calmar institucions.
    A l’inrevés que els nostres defensors del ciutadà municipals, Franquesa, monjo de Montserrat mort el 78, no podia coneixer els Bogdans de l’actual Ciutat Vella. Ningú ho diria: sota l’entrada abandó, Franquesa, suggereix també defecció, acció d’abandonar una persona, un partit, una obligació, trencant –diu– una certa solidaritat moral o un deure.

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